La sabiduría de las emociones

Controlar los estados de ánimo y los brotes emocionales es posible. En el entrenamiento y el dominio de nuestra conducta está la clave del despliegue de nuestras potencialidades. El equilibrio de nuestras pasiones optimiza nuestra mente.
La inteligencia emocional puede ser algo que en primera instancia nos cueste descubrir, quizás porque el desborde emocional es uno de los aspectos que dificulta por completo nuestra capacidad de autoconocimiento y autocontrol. Por eso, para entrenar efectivamente nuestras habilidades tenemos que comenzar abandonando algunos malos hábitos mentales: las historias pasionales nos enseñan que muchas veces, agobiados por la rutina y los pensamientos repetitivos, no vemos el mundo como es. Ésta es la diferencia entre actuar afectados por las emociones, o estar centrados en nosotros mismos. Cuando reinan las emociones, no somos objetivos, nos
volvemos reactivos, y estamos a merced de las circunstancias externas. Si nos tratan bien, reaccionamos bien; pero si nos maltratan, respondemos con la misma agresividad; es decir, damos el poder de nuestra vida a los demás. Podemos percibir todo de un modo muy diferente cuando estamos centrados en un estado de mayor conciencia.
Así podremos empezar a ver cuando nos suceden las cosas y a percibirlas con más claridad. Esto es evolucionar como personas emocionalmente inteligentes. ¿Qué podemos hacer para dejar de ahogarnos en emociones negativas? Aprender y practicar técnicas de concentración, con el sincero deseo del desarrollo personal,
puede ser un gran estímulo. La clave es calmar la mente y aprender a utilizarla en todo su potencial. Mirando hacia atrás, nos damos cuenta de que en ciertas escenas donde reaccionamos mal estábamos «subutilizando» nuestro cerebro.
Es un pequeño consuelo que tantos otros mortales compartamos este sentimiento de fracaso. Nuestra atención flaquea, la paciencia se quiebra -impulsada por el miedo, la malicia, el deseo y otras pasiones profundamente impresas en nosotros- y pasamos directo del impulso a la acción.
Por el contrario, muchos meditadores despliegan sus cerebros con una habilidad excepcional. A partir de 2500 años de tecnología mental (de técnicas específicas para prestar atención cuidadosa al trabajo de nuestra propia mente) se desarrolló una gran experiencia de control del flujo de la vida mental, evitando las ráfagas emocionales que nos obligan a tomar malas decisiones. En definitiva, todos podemos elegir modular nuestros estados de ánimo, regular nuestras emociones, aumentar nuestra capacidad cognitiva y convertirnos, entonces, en usuarios de alto rendimiento de nuestro propio cerebro.
Estamos hablando de una estrategia a largo plazo para cultivar la mente, de manera de poder sacar adelante plenamente sus beneficiosas capacidades. Los expertos que examinan la relación entre ciencia y religión creen que gran parte del sufrimiento humano está en nuestro propio hacer. Nuestros sentimientos amenazan nuestro sentido del YO y nublan nuestras percepciones sensoriales.
Terminamos reaccionando como si no tuviéramos otra opción. La meditación altera lo que tendemos a considerar como rasgos mentales estables -la ansiedad, por ejemplo, o la ira-. Como resultado de una extraordinaria convergencia de la investigación científica de los estados internos y una nueva comprensión de una antigua tradición espiritual oriental, la meditación está llevándonos a una expansión de la ciencia de lo que significa Ser humano.

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