Olvídate de los pensamientos negativos

La aceptación y la conciencia plena del momento presente son los ejes de una técnica que forma parte del gran entramado de herramientas que la inteligencia emocional pone a nuestro alcance: ¡conóce el mindfulness y piensa en positivo!

Mindfulness es la práctica en la cual la persona se centra intencionalmente en el momento actual, de un modo activo, procurando no juzgar ni valorar lo que siente o percibe en cada momento.
Esta actividad brinda recursos que se aprenden vivencialmente y permiten sobrellevar con efectividad situaciones de enfermedad o dolor. Cuando somos conscientes a cada instante de lo que estamos haciendo, pensando o sintiendo, estamos practicando esta innovadora técnica que nos permite disfrutar de cada momento.

No se trata de analizar el pasado o el futuro ni de detenernos en pensamientos fabulosos o emociones negativas. Se trata de registrar las sensaciones del presente, clarificando hábitos mentales arraigados que se producen automáticamente, ya sea desde el «hacer» como desde el «no hacer».

Mindfulness es una capacidad humana universal y básica. Al respecto, los especialistas en esta práctica señalan que se trata de una forma de ser y de estar en el mundo. Se desarrolla con compromiso, dedicación y entrenamiento, y se transmite vivencialmente.

La técnica consiste en adecuar nuestros hábitos y asumir una conducta más consciente y conectada con la realidad que nos rodea, con interés, curiosidad y aceptación. Su práctica, desde la psicología, tiene que ver con enseñar a las personas a desarrollar un conjunto de habilidades innatas de autorregulación, que les permitan vivir en forma más saludable y flexible y resolver trastornos emocionales complejos como el pánico, las fobias, la ansiedad generalizada o el estrés laboral.
No es una cuestión de limpiarnos de síntomas, sino más bien de modificar nuestra experiencia subjetiva y cambiar la conciencia que tenemos de cada malestar, de tal modo que esas señales resulten superfluas o pierdan importancia.

«Que haya Yo donde antes hubo Ello», repetía hasta el cansancio el gran Sigmund Freud. Y esta noción es retomada por la práctica de la atención plena. Se trata de silenciar la mayor parte de nuestro funcionamiento mental, para dar lugar a nuestros propios pensamientos creativos. Cortar con el hacer por inercia, para pasar al hacer por placer.

Un ejemplo muy utilizado, pero no por eso menos claro, es el de manejar. Nuestras manos toman el volante y los ojos se posan sobre la avenida, pero nuestro foco se pierde en lo que nos habla algún acompañante, lo que otros charlan en la radio, lo que nos preocupa. La propuesta, entonces, radica en enfocar los 5 sentidos en el acto de manejar en sí.

En la película Click, con Adam Sandler, se nos presenta una contundente metáfora sobre algunos aspectos del estilo de vida moderno que todos, en mayor o menor medida, llevamos. El protagonista consigue un control remoto capaz de «adelantar» esos momentos del día que menos le interesan, como el tránsito o las discusiones con su esposa.

¿Cuántas acciones nos «perdemos» por estar en piloto automático? Si pudiéramos, en cambio, estar presentes en todo lo que hacemos, entonces cada pequeño acto tendría la potencialidad de convertirse en un desafío estimulante y único.

El mindfulness nos invita a poner los seis sentidos (el pensamiento sería el sexto en cuestión) enfocados. Si pudiéramos lograr ese nivel de presencia en nuestra vida cotidiana, entonces incluso las pequeñas cosas pueden convertirse en desafíos.

Ponlo en práctica

A simple vista, esto de hacer foco parece sencillo; pero no es tan así. Si bien es una práctica simple, no es fácil llevarla a cabo.
Se trata de quebrar conductas y modos de actuar que tenemos muy arraigados, dejar de permitir que nuestra mente salte de emoción en emoción, de juicio en juicio, de miedo en miedo…

En muy pocas ocasiones nos permitimos estar centrados en el presente. Para romper con estos viejos paradigmas de vida, requerimos de un elevado sentido de compromiso y gran curiosidad sobre lo que nos sucede.

Para cultivar esta habilidad podemos empezar por una actividad sencilla, como lavar una fruta con atención plena, o escuchar nuestra respiración sin intentar alterar su curso. Una vez que esto ya nos salga bien, podemos ir agregando otra actividad un poquito más compleja, como manejar de casa al trabajo.

Hay ejemplos de sobra si queremos practicar. Lo mismo con las emociones reactivas: cuando nos surjan, dejémoslas que aparezcan, miremos hacia nuestro interior, y observémoslas a conciencia.
Luego, dejemos que sigan su curso, como esas nubes que vemos pasar en el cielo sin que alteren nuestra rutina.

Con tiempo, esos pensamientos que siempre surgen y nos distraen, serán cada vez menos, hasta que ya los pasemos por alto y podamos enfocar nuestras acciones y, ¿quién sabe?, hasta volver a disfrutar de las pequeñas cosas.

Sólo por hoy

¿Cómo hacer para vivir plenamente en el presente? Realizar un equilibrio, un balance entre presente, el pasado y el futuro es fundamental.
No podemos eliminar las situaciones traumáticas del pasado ni las dificultades que el futuro nos espera, pero es importante diferenciar entre pretender negarlas u ocultarlas o dejarse atrapar por ellas y supeditar todo lo que nos sucede al futuro.

Lo que quedó atrás es un vaivén que se manifiesta en los recuerdos, la memoria y la necesidad de compartirlos en algunos momentos. El estar muy pendiente del futuro genera una ilusión que no deja apreciar el hoy, lo que se es, lo que se puede. Pasado y futuro constituyen un capital humano innegable. El exceso de uno de ellos genera conflicto. El presente brilla si los otros dos no entorpecen la riqueza.

Lo que uno piensa y siente sobre el pasado, el presente y el futuro condicionan nuestros proyectos y ambiciones y, por eso, es muy importante poder establecer nuestras prioridades, nuestros deseos y también nuestras posibilidades para construir. El miedo, la ira, la nostalgia, el rencor, la tristeza, el odio, los celos y la envidia pueden perturbarnos y perpetuar una sensación de infelicidad que no solo nos atrapa en un círculo vicioso, sino que no nos permite disfrutar el ahora.
Muchas veces nos atascamos en vivencias pasadas o en especulaciones sobre lo que vendrá, idealizando el futuro y eso no nos permite avanzar.

Aquello de «todo tiempo pasado fue mejor» es una idea que confronta constantemente con el presente desde una actitud peyorativa; y nos lleva a caer en una prisión que impide el deseo de modificarlo o de crear nuevos proyectos.

Aceptando las transformaciones podemos adoptar una actitud de maleabilidad positiva. Para apostar a una vida libre de culpas, es necesario recordar, pero sin que las emociones negativas nos paralicen.
Debemos mirar al pasado sin atascarnos en él: reflexionar sobre nuestras experiencias y visualizar qué modos, relaciones, y situaciones nos han hecho bien o no tan bien. Esto nos otorga la posibilidad de gozar, de disfrutar el ahora.

Entre el afuera y el adentro hay una barrera fundamental, nuestra mente. Ella es la que decide cuánta importancia le damos a cada acontecimiento y qué acciones generamos para preservar nuestro equilibrio.
Si tenemos el cuerpo tensionado, cansado, o si estamos molestos, ansiosos, irritados y con una actitud negativa, vamos a bloquear nuestra capacidad de generar respuestas saludables y objetivas. Por lo tanto, la práctica habitual de la meditación o la visualización del momento presente nos llevarán por un nuevo camino.

Tomar estas cuestiones en serio nos va a permitir desplegar nuestras potencialidades y despertar las capacidades saludables que tenemos en nosotros mismos. Se trata de comenzar a explorar nuestro mundo interior, y revestirlo de pensamientos y emociones positivas.

El objetivo entonces es aprender a ampliar nuestra percepción de nosotros mismos, de los que nos rodean y de nuestras experiencias de vida, para poder crear una respuesta nueva, anticipatoria e intuitiva.
Sólo nosotros tenemos el poder de ser nuestro mejor aliado para encontrar soluciones creativas a las situaciones que nos preocupan. Nuestra visión de la vida podrá ser más clara y se irá ampliando positivamente hacia todos los aspectos y ámbitos que nos involucran.

En este sentido, la visión del presente es una herramienta que funciona como una llave: desbloquea las emociones negativas aprisionadas y, a su vez, abre las puertas para poder soltar aquello que nos molesta y que, sin darnos cuenta, se había anidado dentro de nosotros.

Quizás una manera clara de llevar esta técnica a la práctica sea revisar esos momentos en los cuales el tiempo presente se relativiza y pierde su real dimensión: cuando falta media hora para terminar la jornada laboral, el reloj parece detenerse (¡el tiempo no pasa más!). Por el contrario, en una cena de amigos, 30 minutos pueden pasar en un abrir y cerrar de ojos (¡El tiempo vuela!). ¿Por qué esta diferencia?

Se trata sobre todo de una cuestión actitudinal. Cuando la atención y la conciencia plena están en el presente, éste se convierte en tiempo vivido y disfrutado. En cambio, cuando la atención está en el futuro (donde desearíamos estar) el tiempo presente comienza a ser indefinido y sentimos que perdemos el control sobre él.
Optimizar el tiempo es, en muchos casos, sacarle la dosis de ansiedad que le imprimimos y reconocer que cuando valoramos el aquí y ahora, la vida que transitamos cobra una nueva dimensión corporal, sensitiva y emocional.

Volver a Inteligencia emocional

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.