Aceptar la muerte

¿Piensas a menudo en la muerte o no quieres ni imaginarla? ¿Tienes a un ser querido cerca del final y no sabes ayudarle? Hablemos claro de ello: ¡forma parte de la vida!

Aceptar la muerte

Dicen los grandes maestros del crecimiento personal que no debemos cerrar los ojos ni tapar los oídos cuando alguien hable de la muerte, ni tampoco tratarla como un tema prohibido.

Negar la muerte como hecho individual o social, con excusas del tipo «ya me preocuparé cuando sea necesario», tiene una importante consecuencia: la falta de preparación psicológica cuando se presenta el momento.

Hacernos amigos de ella y aceptarla como parte de la vida nos ayudará fundamentalmente a: Vivir el presente de forma plena y sacar partido a la vida. Saber acompañar a seres queridos que estén cerca de la muerte.

Experimentar el proceso como momento clave de evolución personal de nuestra existencia.

¿Por qué ese miedo?

Si en el mundo oriental veneran la muerte como parte de la vida, ¿no será nuestro miedo una creencia inculcada? Otra pregunta que puede ayudarnos a profundizar en el tema es la que hizo un día el maestro Zhuang: «¿Cómo sé yo que el temor a la muerte no es como el del niño que se ha perdido y no conoce el camino de vuelta a casa?».

El filósofo griego Epicuro dijo algo más evidente: «La muerte no significa nada para nosotros puesto que, cuando estamos, la muerte no ha llegado, y cuando la muerte llega, no estamos».

Empieza a prepararte

¿Cómo prepararnos para cuando llegue la muerte, ya sea nuestra o de otros? Bibiana Balboa, especialista en acompañamientos de procesos de muerte y duelo, en Lo que llamamos muerte (Neo Person) nos da las respuestas:
• Vive el momento. Experimenta cada día como si fuera el último de tu vida, pues ciertamente ese día ya no volverá.

• Agradece en lugar de apenarte. En lugar de entristecerte por la partida de esa persona querida, dales las gracias por haber estado ahí y haberte ayudado a llegar hasta donde estás.

• Arriésgate. Vive de modo que, cuando llegue el momento de hacer balance, no te arrepientas por nada de lo que no te atreviste a hacer en vida: el perdón que se ha negado, el lo siento que no se ha dicho, las gracias que no se han dado, las cosas que no se han hecho, el amor que no se ha compartido, la mano que no se ha tendido…

• Recapitula a menudo. Como si se tratara del último día de tu vida, repasa de forma asidua aspectos como:
Lo que aportas a los demás y a tu entorno.
Las experiencias y crisis que te han hecho avanzar.
Las personas que han sido tus maestras, tanto amigos como enemigos.
Las lecciones que has extraído de personas y vivencias.
Los sueños que quisieras realizar.
Las cosas de las que te arrepentirías si no hicieses antes de dejar esta existencia.
Vive lo que no muere en ti.

Para hacernos amigos de la muerte lo más importante es vivir esas partes nuestras que no mueren, nuestros sentimientos y pensamientos, en lugar de vivir aferrados a lo material, pues eso será lo que realmente desaparezca el día de la despedida.

Nunca se debe ocultar a una persona que va a morir con el pretexto de no hacerla sufrir. La vivencia de una muerte cercana nos enfoca en el centro del ser.

Aquí cada persona es su protagonista y ni ella puede ignorarlo, ni otro puede privarle de este protagonismo . Morir es un acto personal irrepetible.

Ningún ser humano debe ser privado del derecho que tiene a vivir su propia muerte. El conocimiento de una muerte inevitable y próxima debe ser comunicado al enfermo, para que éste pueda realizarse también en el último acto de la vida.

¿Qué mejor ejemplo ilustrativo de estos conceptos que un testimonio como el que nos ofrece Eugene O’Kelly? Este norteamericano, tras saber que sólo le quedaban tres meses de vida como consecuencia de un tumor cerebral, decidió escribir Momentos perfectos.

Cómo mi muerte inminente me transformó la vida. Con estas frases empieza el relato del final de su vida: «Recibí una bendición. Me comunicaron que sólo me quedaban tres meses de vida». «Me encantaba mi vida, pero la sentencia me obligó a pensar seriamente sobre mi propia muerte, y eso significó que tuve que reflexionar más que nunca, en mayor profundidad, sobre mi vida».

«Gracias a mi situación, alcancé un nuevo nivel de conciencia que no había poseído durante mis primeros 53 años de vida». «Mi experiencia me enseñó que todos deberíamos dedicar tiempo a pensar sobre nuestra muerte».

Morir con dignidad

Además de conocer estas cinco etapas, muchos se preguntarán: ¿cómo acompañar a mis seres queridos en esos momentos, cómo transmitirles serenidad y aceptación?

En primer lugar, es de crucial importancia la actitud del acompañante. Alguien que tema la muerte, nunca podrá transmitir paz y aceptación a quien va a morir, pues el miedo es perceptible incluso de modo no verbal.

En cambio, si tú mismo has hecho tu trabajo interior de aceptación de la muerte y reconciliación con tu propia vida —amarla tal como es-, entonces tu actitud serena se transmitirá a la persona que acompañas.

Una vez nos hemos familiarizado con la idea de nuestra propia muerte, éstos son nuestros principales cometidos para ayudar a la persona que va a morir:
• Ofrecerle escucha y la oportunidad de reconciliarse con el pasado, con los recuerdos hirientes y con la propia vida.

• Atenderla de forma compasiva, consoladora y amorosa, sin juzgarla en ningún momento, aceptando lo que ha sido y reconociendo lo mejor de sí misma.

• Guiarla hacia lo objetivo cuando se sienta culpable si en su vida no ha sido congruente con su escala de valores, si no hizo lo que hubiera querido hacer. La ayudaremos a objetivar y a acercarse a las motivaciones por las que fue infiel a esa jerarquía de valores, de modo que sea capaz de perdonarse a sí misma.

• Darle espacio para que repase y verbalice los acontecimientos de su vida, con la intención de dar cohesión y sentido a su existencia, y comprenderse a sí misma con mayor profundidad.

• Aportar a la persona nuevas vías de comunicación, como la musicoterapia, especialmente cuando la persona esté recluida en sí misma. Muchos pacientes, antes de morir, padecen aislamiento, regresión y paranoia.

En ocasiones, incluso los buenos psicólogos, con sus técnicas verbales, por más que intentan disminuir los síntomas de angustia, ansiedad, melancolía y dolor, encuentran dificultades con el paciente.

En cambio, la musicoterapia, puede aportar la creación de un vínculo de comunicación, una disminución del dolor y una mayor sensación de paz. Utilizando estas estrategias, acompañaremos a la persona a situar su muerte como la culminación de toda una vida.

Superar la pérdida

• La aceptación. Nos cuesta tanto aceptar la pérdida de un ser querido porque, en realidad, esa persona no ha muerto en nuestro corazón; toda su energía está dentro de nosotros formando parte de nuestra vida. Lo que hay que lograr aceptar son otras pérdidas: los proyectos en común, la compañía física de esa persona. Gran parte del duelo es en realidad por uno mismo, por esas áreas que hemos perdido.

• El dolor propio. Algunos consideran la pérdida de un allegado como el mayor aprendizaje de desapego: La muerte de un ser querido duele y dolerá por un tiempo. El dolor es una respuesta emocional y natural ante una pérdida. No podemos ignorarlo, porque estará ahí hasta que curemos lo que nos duele.

Se recomienda dar salida a ese dolor hablando, escribiendo… Cuando lo vas soltando, empieza a tornarse llevadero.

 

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