Aprender a ser optimista

Aceptar el problema sin sentirse culpable, saber que no durará siempre y hacer lo que está en su mano para solucionarlo. ¡Así encara la vida el optimista inteligente!

Aprender a ser optimista

Hubo un tiempo en que el optimismo estaba mal visto. Considerado como la alegría de los necios, ser optimista se veía como un síntoma de ignorancia o inconsciencia.

Sin embargo, con el tiempo numerosos estudios científicos han venido a demostrar que la alegría, la confianza y el optimismo no sólo ayudan a superar con mayores probabilidades de éxito las dificultades y crisis en la vida, sino que resultan un excelente antídoto contra la depresión y un buen número de enfermedades físicas y mentales, además de favorecer las relaciones sociales y ayudarnos a obtener mejores resultados en la vida en general. El optimismo es, sin duda, un seguro contra el envejecimiento, la fórmula más accesible del elixir de la salud.

No, a la «incapacidad aprendida»

Ser optimista no consiste en ver la vida de color de rosa, alardear de una alegría permanente y boba o motivarse cada mañana frente al espejo con afirmaciones positivas irreales y engañosas.

Por el contrario, la persona optimista posee una valentía que le hace ver la vida como es, con sus satisfacciones y problemas, busca soluciones creativas ante las dificultades y aprende de los errores, convirtiendo lo que otros llaman «fracasos» en lecciones valiosas para el futuro y para la formación de su propia personalidad.

Es cierto que hay personas que nacen más optimistas que otras, que no se ahogan en un vaso de agua y saben ver posibilidades donde otras se ofuscan y se hunden.

Y, sin embargo, numerosos estudios han demostrado que ese pesimismo supuestamente innato muchas veces no es más que una «incapacidad aprendida» que conduce a rendirse, desmoralizarse y, en última instancia, deprimirse sin intentar siquiera luchar.

Dale la vuelta al pesimismo

Si se trata de una incapacidad aprendida, ¿dónde está el origen del pesimismo? ¿Cómo consigue infiltrarse en nuestro pensamiento y en nuestra percepción de la vida?

La incapacidad aprendida —o actitud derrotista— puede venir originada por situaciones negativas en la infancia (peleas entre los padres, abandono, carencias económicas o emocionales) o en la vida adulta (pérdida de a nuestra amiga, nuestro hijo o nuestra pareja, cuando les toca afrontar un revés de la vida, pues esas afirmaciones positivas que transmites con tu mejor intención podrían tener efectos contraproducentes, al observar que las cosas siguen sin funcionar (si no se hace nada por mejorarlas).

Ver lo positivo en las causas

La base del optimismo no reside en las frases positivas o las imágenes de victoria, sino en el modo en que se piensa acerca de las causas de los problemas.

Existen tres factores para explicar por qué te ocurre un determinado acontecimiento, bueno o malo: su duración en el tiempo, su influencia (o hasta qué punto le afecta a qué facetas de tu vida) y la personalización (o el hecho de sentirte responsable de todo lo malo que ocurra o, por el contrario, sin ningún poder o responsabilidad en lo que acaece en tu vida).

Lo primero que intenta hacer una persona optimista en una situación negativa es delimitar el alcance de las consecuencias.

Para ello, debe responder a estas tres preguntas: ¿Quién tiene la responsabilidad? ¿Cuánto tiempo durarán los efectos? ¿En qué medida afectarán a mi vida? Cuando una persona, dominada por el pensamiento negativo, cree que el problema durará siempre y que le afectará a su vida en general, o bien que es exclusivamente suya la responsabilidad de todo lo malo, es probable que renuncie a intentar mejorar la situación, lo que generara más fracaso.

Frente a los buenos acontecimientos, la persona optimista cree que sus causas se extienden a todo lo que haga («Al final, consigo lo que me propongo»), mientras que la pesimista cree que se debe a la suerte o a factores específicos («Lo he logrado de chiripa»).

Por el contrario, en los malos acontecimientos, la persona optimista tiende especificar las causas («Se necesita más tiempo para congeniar con vecinos en mi nueva casa»), mientras que la pesimista generaliza («Nunca caigo bien a la gente»).
Las personas pesimistas obtienen peores resultados que las optimistas en tres sentidos:
1°: se deprimen más a menudo;
2°: tienen menos éxito de lo que cabría esperar según sus capacidades; y
3°: su salud es peor.

Tampoco hay que confundir el optimismo con la inconsciencia ni con la evasión. Además de placeres y gratificaciones, la vida conlleva incomodidad, dolor, esfuerzo y frustraciones que, aunque nos contraríen en cierto momento, son necesarios para construirnos como personas maduras y conscientes.

La ansiedad, la tristeza, el malestar tienen un gran potencial transformador. Nos señalan un conflicto a resolver, nos sacuden la rutina, nos obligan a cuestionarnos o cuestionar la situación, nos ponen en acción.

Las personas optimistas no se dejan vencer por el dolor ni lo consideran una prueba más de la crueldad de la vida, sino que son receptivas a sus mensajes y actúa en consecuencia. Los errores te enseñan tanto como los aciertos, y en ocasiones más.

Un éxito detrás de otro, sin lugar para fracasar, rehacerse e intentarlo de nuevo, no te ofrece la posibilidad de crecer y hacerte más fuerte.

La frustración te avisa de que existe alguna carencia y puede estimular tu creatividad para encontrar nuevas fórmulas para conseguir tus objetivos.

Además, fomenta la perseverancia. Las personas optimistas no abandonan o dejan de intentarlo por temor al fracaso, y tampoco les resuelven las cosas a otras personas para evitarles el dolor de la frustración. Perseveran y buscan nuevos enfoques para alcanzar sus objetivos.

Convertir pesimismo en optimismo

En primer lugar, debes aprender a observar los pensamientos que dan vueltas en tu cabeza cuando peor te sientes. Muchas veces verás que son automáticos: acusadores, victimistas o desesperanzadores. ¿Qué hacer con ellos?

• Busca pruebas. Evalúa esos pensamientos automáticos y reconoce que no tienen por qué ser necesariamente veraces. Resulta fácil hacer frente a las acusaciones externas, pero nuestras propias autocríticas difícilmente nos las cuestionamos.

• Genera alternativas. Busca explicaciones más veraces. Evita las generalizaciones, conclusiones precipitadas o tomarte lo que te pasa como algo personal. Limita el alcance del problema sin dejar que te invada la vida.

• Pensar de manera racional. Es decir, ser anticatastrofista. Para ello, un buen ejercicio es tomar lápiz y papel y escribir la adversidad concreta, tus creencias, pensamientos que pasan por tu cabeza, y las consecuencias que esperas.

El optimismo no consiste en mantener una fe sin base en que todo saldrá bien, sino que implica una actitud creativa y esperanzada, convencida de que en la mayoría de los casos se puede sacar un buen partido de las situaciones si se afrontan con ingenio y flexibilidad y, sobre todo, con buena voluntad.

En resumen: una actitud positiva obtiene mejores resultados de la vida, y en concreto de las adversidades, que una actitud victimista o desesperanzada, y esos buenos resultados son nuevas semillas para afianzar el optimismo, argumentos para seguir pensando en positivo y, al mismo tiempo, lecciones y herramientas para nuevas adversidades en el futuro.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.