Conocer nuestro estado emocional

Ciertas emociones aprendidas socialmente pueden llegar a ser útiles si sabemos cómo enfocarlas.

Conocer nuestro estado emocional

La ira, por ejemplo, nos permite desarrollar un mecanismo adaptativo biológico que nos alerta sobre la necesidad de desahogarnos; nos dice que algo no anda bien y que debemos exteriorizarlo.

Existen personas que no paran: de trabajar, de pensar, de hacer algo. Transmiten estrés, no pueden quedarse quietas contemplando un atardecer, son imperativos, ansiosos, buscan un futuro perfecto y un control absoluto de las personas y las cosas que le rodean.

En el otro extremo, existen las personas depresivas, amables y también frágiles, con una necesidad de aprobación que les puede costar la dignidad.

Postergan todo, son sumisas, y con sentimientos de culpa.

Entre estos dos extremos existe un punto de equilibrio que debemos y podemos desarrollar. La mente es la que decide y ya hemos visto que podemos entrenarla.

Ejercitemos el arte de retirarnos antes de tiempo y saber perder, el entregarse y aceptar las consecuencias de aquello que hacemos, el de aplicar el perdón.

Procuremos vivir sin las cargas el pasado ni la amenaza del futuro, tengamos presente que es la mente la que inventa la ansiedad y el dolor, que no son más que emociones secundarias, que contradicen nuestra naturaleza de calma y sabiduría.

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