¿Por qué mentimos?

Las encuestas son devastadoras. El 45% de los españoles miente en su currículo, el 38% de los jóvenes cree que mentir es clave para triunfar, etc. Mentimos sin parar, pero ¿por qué lo hacemos?

¿Por qué mentimos?

Basta con echar un vistazo al periódico para comprobar que no solo estamos rodeados de mentiras y engaños, sino que, además, están presentes en cualquier ámbito.

Se calcula que una persona miente una media de tres veces en una conversación de diez minutos, pero se trata de las pequeñas mentiras sociales, como las de cortesía (felicitar las Navidades) o las denominadas piadosas (recurrimos al embuste para no herir la sensibilidad de alguien).

Sin embargo, la gran mentira es otra cosa. Es casi siempre mala. Afecta a muchas personas, trata de temas hacia los que existe una gran sensibilidad pública y se extiende durante mucho tiempo.

Por ejemplo, cuando una persona oculta o inventa hechos de su pasado, lleva una doble vida o suplanta a otra.

Aunque también hay que tener en cuenta que hay personas que se ven obligadas a disimular para sobrevivir y no ser perseguidas por sus creencias u opiniones.

Quién miente más

El objetivo de muchas mentiras es la codicia, el querer aprovecharse de los demás, como ocurre con las grandes estafas.

Pero no todo el mundo sirve para ser un gran mentiroso. Lo normal es que estas mentiras provengan de personas con inventiva y especialmente dotadas para falsear por ser un hábito o una enfermedad, o de personas a quienes las circunstancias de la vida les colocan en una posición de poder, como los políticos, por ejemplo.

Una excepción es internet que ha socializado la gran mentira y permite a cualquiera distribuir por la red una falsa noticia. Se puede así ser un gran mentiroso, aunque solo sea unas horas.

Cómo protegerse

La manera de protegernos de estas mentiras o de estos grandes embusteros es adoptando una sana desconfianza.

No se trata de no confiar en nadie, sino de ser más cauto en ciertos ámbitos como la salud, el dinero, la política y las relaciones personales. Y un signo a tener en cuenta puede ser que si algo es demasiado bueno para ser verdad, lo más seguro es que no lo sea.

Tan malo es creérselo todo, como desconfiar de todo. Solo se debería dudar cuando hay indicios: antecedentes de la persona, datos o información que no encajan con lo que nos cuenta y también cuando se trata de asuntos importantes.

No caer en una estafa

Por ejemplo, cuando alguien nos ofrece ganar mucho dinero de forma rápida y sin riesgo, hace que se active en nosotros un resorte mental.

Pensamos que somos tontas si dejamos pasar esta oportunidad y nos gusta creer que somos más listas que los demás o que hemos tenido un golpe de suerte.

Y sin darnos cuenta, y en ocasiones contra el sentido común y la opinión de otros más escépticos, nos convertimos en víctimas de un fraude.

Por eso, lo mejor es ser desconfiadas, aunque no paranoicas. La solución para frenar esta proliferación de grandes mentiras sería castigar a los grandes mentirosos, pero lo cierto es que muy pocos son sancionados. La justicia es lenta.

Tarea de todos

Tal vez se mejoraría la situación si desde determinadas entidades y agentes como los medios de comunicación, las asociaciones de consumidores, las sociedades científicas, las universidades, las organizaciones profesionales, empresariales y sindicales se luchara para desenmascarar a todos esos embaucadores.

Aunque probablemente, si se persiguiera en exceso la mentira, tal vez nos quejaríamos de falta de libertad y de privacidad. Porque a veces la mentira es también una barrera que protege la intimidad.

 

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