La viudez 1

Tarda un tiempo

Al igual que sucede con otros tipos de aflicción, éste no sigue una trayectoria ni tiempo concreto. Aunque sus amigos y seres queridos esperen que usted lo «supere» en un año, su experiencia puede ser muy distinta. Un estudio realizado con 300 personas que habían perdido a sus cónyuges halló que la aflicción duraba mucho más de lo esperado.

La mayoría de las mujeres, según los investigadores, estaban «relativamente bien adaptadas» después de cuatro años. El tiempo de duelo que usted tenga estará dictado por su propia personalidad —por cómo responde a los cambios, por ejemplo— el significado que el cónyuge tenía en su vida, las circunstancias de su muerte (si fue brusca o sucedió tras una larga enfermedad), su sistema de apoyo o familiares y amigos, incluso las pérdidas anteriores, que pueden removerse por este nuevo duelo.

La viuda joven tiene un golpe más —la injusticia que supone. «Esto no estaba previsto que pasase». Esto está totalmente fuera de lo esperado. Es posible que se sienta una inmensa sensación de injusticia, casi de furia.

Para cada mujer la experiencia es única

En los días, semanas y meses que siguieron a la muerte de su marido, la vida de Paloma prácticamente se detuvo. Era incapaz de comer, y le costaba mucho dormir. Ella se encontraba bien en una actividad frenética o bien estaba demasiado agotada para moverse.

No paraba de llorar. A veces se sorprendía de la intensidad de la cólera que sentía hacia los desconocidos, recuerda, «porque ellos podían seguir viviendo sin que les afectase esta tragedia que había alterado tanto la vida de mi familia».

En medio de su dolor, ella tenía que hacer frente a las cuestiones prácticas. De repente se había convertido en la madre de dos niños, uno de ellos con pañales y el otro afligido por la pérdida de su querido padre. Aunque su marido les había dejado algo de dinero, Paloma sabía que tendría que hallar algún modo de suplementar sus ingresos. «A las tres de la madrugada me sentaba en la cama con los ojos como platos y pensaba por Dios, ¿cómo lo voy a hacer?»

Y aprendió que aunque lo normal es que te vayas acostumbrando, lo haces de forma imperceptible. Cuatro años después de su muerte y «aún en una situación económica límite» ella es finalmente capaz de pensar en Marcos «sin dolor». Pero, confiesa, «cuando oigo una canción en la radio —nuestra canción— me echo a llorar».

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