Amor y fidelidad

En nuestra tradición, la fidelidad tiene un doble origen. Uno procede del sentimiento de posesión exclusiva: en la época patriarcal, la esposa pertenece al hombre, y si lo traiciona ha de sufrir la pena de muerte.

Amor y fidelidad

La otra raíz es la fidelidad exclusiva a la tribu, a la patria, al jefe, exigida por movimientos políticos y religiosos, y por los enamorados. Con la fidelidad comunico a mi amado que él vale más que cualquier otra cosa, que es mi único bien y deseo.

La fidelidad exige una dedicación de energías, una entrega en favor del amado, una donación de sí mismo.
Podemos encontrar dos tendencias:
1. la primera se caracteriza por la búsqueda de lo nuevo y la promiscuidad sexual;
2. la segunda, propia del enamoramiento, establece una unión exclusiva y duradera.
Todo ello depende en gran medida de la cultura, de si la sociedad es polígama o monógama. En los últimos tiempos se ha difundido una ideología contraria a la pareja y a la fidelidad conyugal, sobre todo, a partir de la década de 1970, con la afirmación de la revolución sexual y del feminismo.

El pacto de fidelidad se forma cuando se actúa sobre el proceso de fusión, y las emociones y las promesas son los fundamentos sobre los que se construye la institución de la pareja.

Sin embargo, en algunos ambientes está de moda que los esposos no se cuenten nada, por lo que cada uno finge que no sabe nada del otro a condición de desarrollar las funciones familiares y salvar las formas.

Los motivos de las crisis precoces de las parejas, estadísticamente considerables, pueden encontrar su origen en la falta de atención a la hora de construir unos lazos sólidos:
• falta de un auténtico enamoramiento;
• fantasías románticas y poco reales;
• elegir la comodidad y cambiar una situación familiar;
• ceder ante el único de los dos que está enamorado.

Los motivos de las crisis tardías pueden deberse a:
• la monotonía de lo cotidiano;
• la falta de una evolución conjunta.

Existen unas relaciones de carácter puramente sexual que excluyen los sentimientos. Si nos centramos en el hombre, podemos advertir que, durante milenios, este tipo de relaciones extramatrimoniales ni siquiera se han considerado actos de infidelidad, a diferencia de cuando le sucedía a las mujeres. Hoy en día, ambos sexos reciben el mismo trato; se tiende a no considerarlo una traición, sino una relación sin ningún tipo de implicación emotiva.

Pero el acto de amor es un intercambio de vitalidad, la producción mutua de un estado de gran placer y, al mismo tiempo, de carga vital; reduce el umbral de tensión y, por tanto, constituye un estado rico de emotividad.

Lo prohibido, el placer de seducir y ser seducido, el irrefrenable deseo de lo nuevo y de la transgresión, pueden ser, para algunos, una llama que les atraiga más que el respeto a la pareja estable.

Según F. Alberoni (El erotismo), el motivo que lleva a los hombres y las mujeres casados al adulterio es un capricho, un fútil placer gratuito. La sexualidad, ese impulso irrefrenable, se trasforma en erotismo, una potencia inquietante. Sin embargo, la pareja que contrae matrimonio pronuncia en público su promesa de fidelidad, y los cónyuges eligen libremente someterse a la ley de la monogamia.

La vida de la pareja depende de la capacidad de conservar, aunque sea en parte, la intimidad provocada por el naciente estado del enamoramiento.

La institución ha de ser heredera y custodia de la promesa. El amor supone un cambio emocional interior provocado por el nacimiento de una nueva colectividad y de un nuevo ser. Además, como sentimiento, impulso y flaqueza, constituye una manifestación de energía creativa.

La pareja que permanece enamorada posee la capacidad de conservar las extraordinarias propiedades de los primeros momentos de su relación, es decir, la capacidad de regenerarse. En este caso, el enamoramiento, convertido en amor, conserva la emoción, el erotismo y la frescura de los inicios.

El amor es la resonancia de un proceso en el que cada persona genera lo que a su vez ve originada en sí misma. Una pareja puede seguir enamorada tan sólo si consigue satisfacer en su interior el impulso creativo del cambio.

La vida constituye un cambio y una transformación constantes, y la pareja ha de saber estar presente en el mundo externo y en el ámbito social, y no puede permanecer encerrada en sí misma.

Si es capaz de seguir las continuas transformaciones que se producen y participar en ellas, evitará cambios bruscos e imprevistos; más aun, a través del diálogo y el intercambio constante puede participar en el mundo y regenerarse, mientras mantiene el espíritu de libertad y de aventura y evita el empobrecimiento absorbente de la monotonía.

Erich Fromm, en su libro El arte de amar, sostiene que amar es una experiencia personal que cada uno puede adquirir a través de sí mismo, e incluso habla, ya desde el título, del arte de amar. Así, precisa que este, como cualquier otro arte, requiere disciplina, concentración y paciencia, unos requisitos cada vez más raros en nuestros días.

La capacidad de amar depende de la facultad de salir del narcisismo y de la aproximación incestuosa hacia la madre, además de evadirse del propio clan.

Depende de nuestra capacidad de crecimiento y de desarrollo de una orientación productiva en la relación con el mundo y con nosotros mismos. Este proceso de evolución exige una cualidad como condición necesaria: la fe, tanto la irracional como la racional.

La primera es la sumisión a un poder fuerte, mientras que la segunda es el resultado de nuestros espíritus de observación y pensamiento.

Tenemos fe en las potencialidades de los otros, en nosotros mismos y en la especie humana, porque hemos experimentado el desarrollo de las nuestras, la fuerza de la razón y del amor. La base de la fe racional es la productividad.

El amor no es sólo una relación con una persona: se trata de una actitud, una orientación de carácter que determina las relaciones con el mundo.

Si un sujeto sólo ama a otro y le resultan indiferentes los vínculos con sus semejantes, su relación no es amor, sino que se trata de una unión simbiótica o de un egoísmo llevado al exceso.

Pocos reflexionan sobre la facultad de amar. Con frecuencia, todos nosotros la entendemos de forma errónea como el amor exclusivo hacia la persona que realmente se quiere, y olvidamos así que, sin embargo, el amor es un poder, una actividad del alma.

Se pueden, distinguir distintas formas de amor, según el objeto amado. Por ejemplo, hemos de considerar el amor fraterno, que se produce entre semejantes; el amor materno, que se da por un ser indefenso.

Podemos también considerar el amor erótico, que es el deseo de una fusión completa, de una unión absoluta con otra persona, el que más se adecúa propiamente a aquello que estamos tratando.

Si nos enfrentamos a estas formas de amor, podemos encontrar notables diferencias: los dos primeros tipos tienen en común que no se limitan a una única persona, mientras que el de carácter erótico sí, ya que, por su propia naturaleza, es exclusivo y no universal; probablemente, se trata de la forma de amor más engañosa que existe.

En el amor erótico hay una exclusividad que no poseen ni el de carácter fraterno ni el de materno. Esta se interpreta como una unión posesiva, que anula mutuamente a las dos personas, las cuales resuelven el problema de la separación fundiéndose entre sí, para intentar superar, de esta forma ilusoria, la soledad.

Es importante no cometer este error: la exclusividad ha de entenderse en la fusión erótica, pero no en el sentido del amor fraterno.

El amor erótico es esencialmente un acto de voluntad, de unir nuestra vida a la de otra persona, lo cual otorga un significado a la indisolubilidad del matrimonio.

Amar a alguien no supone sólo un fuerte sentimiento, sino también una elección, una promesa, un compromiso. Se trata de querer.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.