El deseo de un hijo

No siempre ambos miembros de la pareja se sienten maduros para la llegada de un hijo. En ocasiones, en cambio, se decide tenerlo y este no llega.

El deseo de un hijo

El nacimiento de un hijo, sobre todo del primero, representa en la pareja un cambio solemne: todo se modifica, los ritmos de vida, las relaciones conyugales, las exigencias y la disponibilidad. La historia personal y de la pareja está destinada a cambiar para convertirse en una historia familiar.

Un importante fenómeno experimentado durante estos últimos cincuenta años es la necesidad de la realización individual, que, frecuentemente, retrasa y condiciona la disponibilidad para la procreación. Incluso el deseo de poder garantizar lo mejor para los hijos constituye otro freno a la decisión de tenerlos, dado que esto siempre parece inalcanzable.

Se ha de añadir el elemento femenino, ya que generalmente es siempre la mujer la primera en manifestar su instinto materno y consultar con el hombre la decisión de tener un hijo.

Un momento especialmente crítico para la mujer es cuando cumple treinta años. Este cambio de década parece remarcar la necesidad de crear una situación que haga posible tener un hijo.

En un determinado momento se tiene la sensación de que los años se escapan de las manos, que uno tras otro se van de una forma rapidísima y aparece el temor de no consolidar el momento para poder alcanzar la meta de ser padres.

Parece que no se pueda dirigir y combinar al mismo tiempo la realización profesional, la vida sentimental y la maternidad. Entonces aparece la crisis.

Para el hombre, el deseo de paternidad es generalmente más tardío. Por otra parte, la edad del padre condiciona menos la posibilidad de enfermedades y malformaciones del feto que la de la madre.

Frecuentemente hemos escuchado confidencias que reflejan la perplejidad de los miembros de la pareja ante la eventualidad de convertirse en padres. En resumen, les asusta la total implicación que puede exigir este papel, la necesidad de tener que darse continuamente y sin límites.

Con la frase «estoy siempre tan ocupado/a y he de renunciar a tantas cosas que no creo ser capaz de poder asumir una obligación como tener un hijo» se expresan los temores ante el difícil papel de ser padre o madre.

Absortos como estamos en nuestro proyecto de realización personal, aunque formemos parte de una pareja, frecuentemente olvidamos que ser padres contribuye también a la autorrealización, ya que los hijos constituyen una experiencia única: la obra maestra de la vida.

Este es el concepto clave con el que se ha de jugar y a través del cual se ha de convencer a la pareja que oponga alguna resistencia a la difícil decisión de la procreación.

Cuando el deseo de tener un hijo se ha hecho ya explícito entre los cónyuges, pero este tarda en llegar, la situación se convierte en delicada.

Desear un hijo y no conseguir que llegue es una experiencia que afecta más o menos al 18 % de las parejas. En la mayoría de los casos no se trata, sin embargo, de un problema sin solución; de hecho, hoy día la esterilidad se cura con éxito incluso en casos que hasta hace poco se consideraban irresolubles.

Este es un problema de pareja, no sólo porque implica la vida de ambos, sino porque los dos pueden ser responsables, por separado o juntos.

De hecho, puede suceder que ninguno de los dos miembros de la pareja sea completamente estéril, pero que la combinación de sus dificultades se traduzca en la infecundidad de la pareja. Afrontar el problema significa someterse a una serie de consultas clínicas que afectan a ambos.

Es necesario apoyarse mutuamente, evitar acusaciones inútiles e intentar contener las manifestaciones de estrés que desencadenan estas situaciones.

Se ha de tener en cuenta que entran en juego factores psicológicos que obstaculizan o retrasan la procreación. Estos tienen repercusiones somáticas, pero no siempre se reconocen como tales por los aspirantes a padres, por lo que los tiempos de espera del embarazo se alargan.

El amor y la disponibilidad entre los miembros de la pareja pueden hacer, con toda seguridad, más ágil y solidario lo que se conoce como el acto de amor por excelencia, es decir, traer un hijo al mundo.

 

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