La terapia de pareja

Cuando una pareja llega al psicólogo, generalmente ha intentado distintas maneras, más o menos directamente, de intentar solucionar los conflictos o definir y corregir el malestar vivido.

La terapia de pareja

Por tanto, cuando todo ha fallado y los dos sujetos no se sienten ya parte de un «nosotros», cuando los gritos han sustituido a la comunicación, y la indiferencia respecto al otro, y los prejuicios en el diálogo interpersonal, la presencia del odio, el resentimiento y, a veces, el uso de la violencia han hecho su aparición, si en la pareja existe todavía un mínimo deseo de seguir juntos, surge entonces la petición de ayuda, la necesidad de acudir a una tercera persona exterior a la pareja.

La alternativa en este momento es la separación, un abandono con un amargo sabor de boca.

Pero quedémonos en el campo de todas aquellas parejas que se dirigen al exterior para pedir ayuda.
¿Dónde pueden ir? ¿A quién deben dirigirse? Existen servicios públicos o privados que desarrollan una actividad de consultoría, de apoyo y, en algunos casos, de terapia de pareja.

Recordemos el papel de los consultores o los asistentes sociales. Además, existen consultorios específicos para la familia, en los que, antes de llegar al psicólogo, se pueden tener una o dos entrevistas con un especialista. En cualquier caso, siempre es aconsejable llegar a entrevistarse con un psicólogo.

La alternativa a los servicios públicos es dirigirse directamente a un profesional privado, con consulta propia o en el marco de una mutua.

Los caminos para llegar hasta él son distintos: por conocimiento (por ejemplo, un amigo que ya lo visita), buscándolo en las páginas amarillas, bajo la entrada «psicólogos/psicoterapeutas», por medio de Internet o en las guías de las distintas mutuas.

En todos estos casos, es decir, si nos dirigimos a un profesional privado, se ha de tener en cuenta los costes de la consulta.

La primera visita ¿se ha de hacer individualmente o en pareja? Un primer encuentro con los dos miembros, si estos ya no se sienten en absoluto como una entidad armónica definida como «nosotros», es muy importante para entender qué dirección y qué tipo de intervención ha de emprender el terapeuta.

No siempre, y no necesariamente, han de ser los dos miembros de la pareja quienes se han de presentar ante el psicólogo: a veces, basta con que vaya uno solo.

En este caso es importante expresar la situación con todos sus matices e intentar comprender también, tras una o varias visitas, si es necesario implicar al otro miembro de la pareja o no.

Puede suceder que este se vea también implicado, pero, a pesar de ello, no perciba el problema como propio, sino más bien como algo que se refiere exclusivamente al otro/a. El malestar es exclusivo de uno, mientras que el otro no se siente implicado.

De esta forma, se crea una especie de desequilibrio cuyo resultado (que es también el de la intervención psicológica) puede ir fundamentalmente en dos direcciones.

En el primer caso, se llegará a la disolución del vínculo que atenaza, obviamente, a sólo uno de los miembros de la pareja; en el segundo, se mantendrá la unión a pesar de la propia felicidad, lo que los colocará en una situación de resignación.

En esta última circunstancia, el malestar o el sufrimiento no resuelto se manifestará por otros canales, como, por ejemplo, los hijos, que podrían presentar, a su vez, problemas de comportamiento.

Si continuamos con la fase inicial del tratamiento psicológico, puede suceder que el conflicto sea tan intenso que el tercer miembro exterior sea visto como un «juez».

La intervención se vive entonces por los dos miembros de la pareja como una especie de proceso en el que una parte ha de vencer a la otra y el resultado ha de ser una sentencia que dé la razón a una de las dos.

En este caso, la tarea del psicólogo es no asumir esta posición de «juez» e intentar llevar a ambas personas, a través de un encuentro verbal que esté libre de todo prejuicio y acusaciones recíprocas, a una visión distinta de la intervención psicológica, la cual no se corresponde con un proceso y una sentencia posterior que satisfaría a una parte, pero que dejaría a la otra «sin palabras».

En esta fase de la intervención psicológica, el uso de una orientación excesiva puede ser muy comprometido porque pondría al profesional precisamente en la situación que ha de evitar, la de «juez».

En algunos casos puede darse que la intervención no sea suficiente en sí misma, sino que puede ser necesario que entre en juego otro servicio o profesional que se ocupe de una problemática específica.

En esta categoría entran aquellas parejas en las que uno de los dos miembros abusa del alcohol o manifiesta una patología de tipo psiquiátrico.

En el primer caso pueden dirigirse a los organismos que se ocupan de dependencias patológicas, como la Asociación de Alcohólicos Anónimos; en el segundo, deben acudir a los servicios psiquiátricos de la medicina pública o privada.

El trabajo con la pareja exige utilizar distintos instrumentos de forma diferenciada, según lo que se presente.

En cualquier caso, es siempre importante tener presente, en primer lugar, la fase inicial de la conversación, en la cual las dos personas presentan el problema; en segundo término, se han de recorrer las etapas de su historia común, que deben relatar frente al psicólogo; más allá del relato de la pareja, existe una biografía personal que hay que explicar y que está ligada con la familia; a veces, puede ser útil tener entrevistas separadas, sobre todo en los momentos iniciales de la intervención.

A través de ellas se pueden revelar secretos que un miembro de la pareja no quiere que sean conocidos por el otro.

El recorrido no resulta fácil. Sin embargo, al final de este camino, siempre que los dos miembros se redefinan en una entidad llamada «nosotros» bajo una nueva luz, la sensación que se tiene con frecuencia es la de satisfacción y felicidad por recuperar algo que se daba por perdido.

 

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