Las fuerzas del destino en la vida de pareja

El hombre primitivo tenía un sentido de lo divino; para él, el bien y el mal provenían de una entidad sagrada. Proyectaba su propio inconsciente hacia el exterior, lo personificaba y le daba el nombre de un dios.

Era un planteamiento automático: el destino, fuese bueno o malo, y a pesar de esta proyección, debía vivirse por sí mismo. Al juzgar el destino como una recompensa o un castigo de la divinidad, el hombre se reconocía responsable de su propia suerte y vivía en armonía con ella.

Las fuerzas del destino en la vida de pareja

El destino, según Thorwald Dethlefsen, constituye la propiedad más individual y privada del hombre. Por ello es necesario, e incluso indispensable, que cada individuo tenga una estrecha relación interna con su propio destino, lo comprenda, viva en sintonía con él y descubra su sentido.

También la genética moderna nos invita a pensar que estamos predestinados por las agregaciones genéticas que, a partir de la herencia materna y paterna, se traducen, según las leyes de Mendel, en activadores estables de las líneas maestras de nuestra realidad física, lo que también comprende el cerebro y la actividad psicológica.

Existen infinitos caminos a través de los que las investigaciones humanística y científica nos transmiten informaciones y explicaciones sobre las relaciones, los sentimientos y el amor.

Para todos, de una u otra forma, las respuestas a las preguntas de la vida de pareja se esconden en el mismo proceso vital. Sólo si vivimos con lealtad respecto a nuestro interior y al de nuestra pareja, conseguiremos poseer el amor con plenitud y disfrutarlo.

Sin embargo, todas las parejas manifiestan a veces tendenciosidad en su comunicación, y caen en las trampas del orgullo y de la presunción personal. Como explica Liz Green, psicoterapeuta relacional, la cadena que se inicia con «si realmente me amases, no me habrías hablado así», «no habrías piropeado a la camarera», o «no te habrías olvidado de prepararme la cena», etc., puede seguirse hasta el infinito.

¿Y qué podemos decir sobre la siguiente afirmación de C. G. Jung: «El amor es una fuerza del destino cuyo poder se extiende del cielo al infierno»

Desde el momento en que resulta difícil definir el amor, podemos permitirnos vivirlo únicamente de la manera que venga a nosotros, aunque después hablemos de entusiasmo, ilusión y necesidad psicológica o nos refiramos con cualquier otro apelativo a una relación fracasada.

Todo individuo ama y quiere ser amado porque este es el sentido del amor y el destino de nuestras vidas. En este momento es, pues, necesario que definamos qué es el destino. La raíz latina de esta palabra tiene el significado de «ser separado de», lo que subraya que el destino se interpreta también como el hado.

El neoplatónico Crisipo describía el destino como una dualidad compuesta de energía y de sustancia. También Sócrates y Platón separaban a la diosa Necesidad de sus hijas, las Moiras, y de otro género de determinismo en las vicisitudes humanas. Esta fuerza tomó el nombre de daimon.

En el ámbito de la psicología profunda del alma, la Moira se considera como algo que posee el individuo desde su nacimiento: se trata de la capacidad o el límite de su fuerza vital, el aspecto negativo y represivo de su destino. El daimon (genio) de una persona, sin embargo, encierra en sí el elemento benéfico o maná funcional.

Cuando sostenemos, por ejemplo, que el carácter de un hombre es su daimon, queremos decir que se trata de una fuerza que plasma la vida desde el interior, que forjará el éxito o el fracaso, pero no que se trata de un hado dictado desde el exterior.

Existe una diferencia sustancial entre estos dos conceptos diferentes del destino. La Moira constituye una energía de carácter femenino, y su reino es el instinto, la herencia y la caducidad. El daimon, que podemos encontrar en la filosofía platónica, posee una cualidad más ambiciosa y más activa: intenta dirigirse a algún lugar y contiene en sí mismo el sentido de un objetivo existencial.

Esta meta que está en el interior del daimon es el amor, y por ello, este último se convierte en el destino del hombre, pues refleja a un dios en él mismo. En efecto, todo el modelo vital de una persona lleva la marca de su propio daimon: cuando lo miramos a posteriori o con una cierta distancia, aparece con claridad.

Se percibe cuando se ama o se está enamoriscado, y también en el momento en que el alma se reconoce en el compañero o compañera; entonces, las fuerzas del destino dominan el cuerpo y la mente.

La persona se siente invadida por una predestinación a una vida en pareja, que nota de una manera tan fuerte que llega a comprender en un solo instante que está ante la persona adecuada.

La experiencia, que puede describirse como muy cercana una peak experience, resulta muy similar a un estado modificado de la conciencia. Las características de la intensidad y la luminosidad que se percibe se asemejan mucho a las sensaciones espirituales de éxtasis religioso.

Se trata de experiencias únicas e irrepetibles, que son difíciles de explicar con términos científicos, pero que constituyen enamoramientos reales, que nosotros recogemos porque nos han sido descritos por muchos pacientes, amigos y conocidos, además de nuestra propia experiencia personal de pareja.

 

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