Motivos que nos llevan a la infidelidad

Creer que el amor te hace inmune

Es un peligro sobreestimar el amor que sientes por tu pareja y bajar la guardia. La fidelidad depende, también, de una decisión y una alerta permanentes. Si tienes un pacto de exclusividad, más te vale ser consciente de las situaciones de riesgo y alejarte de ellas. El amor por tu pareja no te inmuniza de desear o de amar a otras personas.

Buscar la pareja perfecta

La búsqueda continuada del hombre 10 o la mujer 10 tiene dos consecuencias: saltar continuamente
de una relación a otra, porque siempre es posible encontrar a alguien que supere en algún punto a la pareja; y la intolerancia ante los defectos o errores de la persona amada.

El ojo por ojo

Con la venganza se busca una indemnización para el orgullo herido. Pero reivindicar la dignidad humillando termina convirtiéndote en lo mismo que desprecias. Además, es una forma de utilización insana de la tercera persona. Y no te garantiza ninguna reparación afectiva, todo lo contrario. Acabas de quemar el barco y llega el naufragio.

Motivos que nos llevan a la infidelidad

Desarrollar una compulsión

Esta forma de adicción al engaño no tiene arreglo. Quien no pueden vivir en el compromiso busca cualquier situación para la infidelidad, más allá de los riesgos y aunque sea descubierto.

Buscar fuera lo que no se tiene en casa

Muchas personas que se sienten insatisfechas tratan de «equilibrar» el déficit con una tercera persona. Estos «infieles compensatorios» se autoconvencen de haberlo intentado todo y de que no les queda otra.

La baja autoestima

Se manifiesta como una necesidad patológica de demostraciones de amor. Resolver este vacío afectivo mediante relaciones furtivas conlleva a menudo una conducta promiscua y poco digna, utilizando a otras personas para conseguir la seguridad personal que falta.

Tener amores pendientes

Proceden de los encuentros con los viejos amores inconclusos, los que terminaron antes de tiempo y no pudieron completarse.

La ansiedad de que la vida se acaba

Este tipo de angustia vital, que puede darse tanto en la juventud como en la madurez, (crisis de los 40, de los 50 o de los 60), cuando empiezas a sentir que la vida pasa rápido y que debes aprovechar para hacer cosas que antes no pudiste. Una situación propicia suele ser cuando los hijos se independizan y se van de casa.

 

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