Solas a los 30

La falta de pareja a una edad en que la mayoría de las personas están casadas y tienen hijos provoca sentimientos de culpabilidad y baja estima. No obstante, la soledad puede tomarse como una situación transitoria y necesaria para reafirmarse como persona.

Solas a los 30

Entre los 30 y los 40 años, los «usos y costumbres» dictan que la mayoría de las personas tengan pareja e hijos. Sin embargo, este mandato no siempre se cumple. Cada vez hay más hombres, pero, sobre todo, más mujeres solas, sea porque nunca formaron una pareja estable o porque se han separado. Según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) de Argentina, la proporción de hogares unipersonales es del 16%, y ha venido aumentando paulatinamente desde la década del 60.

Las empresas de consumo masivo han adaptado las presentaciones y tamaños de sus productos a un mercado cada vez más numeroso: el unipersonal. Sin embargo, aún existe una gran presión social hacia las personas que están solas, como si se tratara de un error o una falta. «¿A ver cuándo te pones de novio/a?», «¿a ver cuándo te casas?», «¿y para cuándo los chicos…?» son las frases con las que se suele aguijonear a los involucrados. Con todo, la presión social es mayor hacia las mujeres.

Esto es así porque existe un mandato cultural muy fuerte hacia la maternidad, que la mujer debe cumplir para sentirse realizada. Por otra parte, la mujer fue, durante siglos, un objeto que se evaluaba según quién la elegía, un buen candidato o uno malo.

Cuentas pendientes

«En muchos aspectos, me siento realizada, tengo una carrera, trabajo en lo mío, pude viajar bastante… pero me falta alguien con quien compartir todo esto», dice Mariela H. (36), licenciada en Turismo. «Y no hablo sólo de volver a estar en pareja, lo que quiero es tener un hijo y el paso del tiempo empieza a angustiarme».

Las mujeres están más presionadas, tanto desde lo social como desde lo biológico. Hay una alarma en el reloj biológico que les dice que a los 30 hay que ser madres. Ocurre que, entre la tercera y la cuarta década, la mayoría de las personas del entorno están casados o con una pareja estable.

Aunque esto también depende del medio social: en los estratos medios y altos, el casamiento tiende a demorarse, ya que las mujeres prefieren lograr primero un espacio dentro del mundo profesional y laboral. Tener un noviazgo que les asegure que la meta se va a cumplir en el futuro, nos tranquiliza. Pero, si esta relación no existe, comienza la ansiedad.

Sin compromisos

Muchas mujeres se quejan de la falta de compromiso de los hombres. Pero ésta es una actitud que se observa en los dos sexos.

El temor a comprometerse, a jugarse y salir lastimado, es general. La sociedad también es más «light»: prevalece la ideología del consumo, del disfrutar el aquí y el ahora.

La falta de pareja

• En general, la falta de pareja se toma en diferente según sea una elección o una imposición. Quienes se separaron luego de una relación estable viven la soledad como una situación transitoria y necesaria para elaborar el duelo. No obstante, todo depende del tipo de ruptura. «Cuando fue por desgaste o por propia decisión, la soledad es más llevadera y se acepta hasta con alivio», dice Moreschi.

Pero, cuando la decisión fue tomado por el otro, la herida narcisista es tan grande que no se sabe qué provoca más dolor: si estar solo o haber sido abandonado. La soledad no elegida, sino impuesta por el otro, es la más perniciosa, dado que socava la autoestima y la autovaloración.

• Por otra parte, quienes nunca tuvieron pareja, sienten que ésta es una oportunidad que se les escapa. Estar con alguien se convierte en una meta a lograr a toda costa. Y la obsesión aleja aún más esta posibilidad. Sea cual fuere el motivo de la soledad, lo mejor es tomarla como una situación circunstancial. Una etapa que sirve para rearmarse y encontrarse a sí mismo antes de encontrar a otro.

El príncipe azul

• Si la elección es vivir en pareja, esto ocurrirá en algún momento. «A toda edad, uno puede enamorarse, sin embargo, es preferible desechar la idea adolescente de un príncipe azul», recomienda Adriana Serebrenik. «El compañero o compañera de los sueños no existen. Se trata de personas de carne y hueso; pares complementarios y no ideales».
Tal vez, la clave esté en poder disfrutar la soledad, más allá de haberla elegido o de tener que aceptarla como una circunstancia de la vida. Siempre se pueden hacer nuevos amigos, reencontrarse con la familia o hacer actividades que nos gratifiquen.
Para pensar
• Estar sin pareja no implica necesariamente estar solo. Se pueden aprovechar los momentos en familia y con amigos. Es una buena oportunidad para hacer actividades postergadas y que nos dan placer.

• La experiencia de vivir un tiempo solo, que muchos tuvieron de más jóvenes o cuando eran estudiantes, puede hacerse también a los 30 y ser una etapa de reencuentro y crecimiento personal.

• La soledad no debe ser vivida como una condena, sino como una etapa de la vida en la que nos hacemos fuertes para reconocer los proyectos personales y realizarlos.

• La obsesión por conseguir pareja no hace sino alejar a los demás. Una pareja no se encuentra por buscarla, pero sí hay que tener una actitud de búsqueda para dar con ella. Mientras tanto, el refrán popular es sabio: «más vale sóla que mal acompañado».

 

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